La escritora y actriz chilena Nona Fernández ha construido una de las obras literarias más potentes y sensibles de las últimas décadas en América Latina. Su escritura nace desde la memoria, desde las huellas que dejó la dictadura en su infancia, y desde una pulsión profunda por entender —y hacer que otros entiendan— la historia reciente de Chile.
Autora de novelas como Mapocho (2002), Space Invaders (2013), Chilean Electric (2015) y La Dimensión Desconocida (2016), ha sido reconocida con importantes premios literarios como el Premio Municipal de Literatura y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, además de ser finalista en varias ocasiones del National Book Award. Sus libros han sido traducidos a numerosos idiomas y su más reciente ensayo, ¿Cómo recordar la sed? (2023), fue escrito en el marco de la conmemoración de los 50 años del golpe militar en Chile.
La escritura como espacio de libertad y responsabilidad
En la entrevista con Nona Fernández, en el marco de Centroamérica Cuenta en la Llibreria Finestres de Barcelona, la autora compartió su visión de la literatura como un espacio de libertad y responsabilidad. Habló sobre cómo su escritura nace de la memoria de la dictadura que vivió en su infancia, del trabajo con el cuerpo y la emoción al narrar, y de cómo sus libros buscan abrir preguntas e invitar al diálogo con la historia y la experiencia colectiva.
“La creación es un espacio de libertad. O sea, creo que no hay nada más libre que el espacio creativo.
Pero cuando vivimos contextos como los que estamos viviendo, que pareciera que nunca salimos de ellos, yo creo que no solamente el escritor y la escritora, sino que todos los ciudadanos y ciudadanas de esos contextos tenemos que entrar en diálogo con eso y reaccionar a esos contextos.”
Para Fernández, la literatura no es un mero acto estético, sino también una forma de diálogo con el presente histórico y político. “Creo que el arte no tiene deberes, pero probablemente quienes lo ejercemos sí”, confiesa.
Mapocho: el territorio que nunca abandonó
Esa primera novela no solo marcó el inicio de su trayectoria, sino también un espacio simbólico desde el cual ha seguido tejiendo relatos, explorando las heridas abiertas de la memoria chilena. “Mapocho es mi primera novela. Y yo siento que lo que ocurrió ahí, sin ningún plan, por supuesto, es que como si trazara un mapa que a lo largo del tiempo, he ido iluminando de a poco.”
Entré a Mapocho y apareció una hebra que me llevó a otra hebra, y a otra, y a otra. Y he ido como trenzando un trabajo que tiene que ver con ese primer paso que di. Cada uno es distinto, cada material tiene su estética distinta, su lenguaje, su cuerpo. Hay un territorio que se fundó en Mapocho. Y yo de ese territorio… no he logrado salir. A lo mejor no voy a salir nunca”, explica la autora.
Escribir desde el cuerpo y la emoción
Fernández entiende la escritura como un acto físico, emocional y sensorial. No se trata únicamente de un ejercicio racional, sino de una experiencia encarnada, profundamente humana. “Cuando uno encarna un personaje, uno lo pasa por el cuerpo. No es que no pensemos, porque sí pensamos, ¿no? Pero pensamos con el cuerpo entero. Y cuando yo escribo, yo pongo el cuerpo en esa escritura. Trabajo con el corazón, con el estómago, con el páncreas, con los pulmones. Y el cerebro está presente como están presentes el resto de los órganos.”
Infancia en dictadura: escribir para entender
La autora ha explicado en diversas ocasiones que su impulso narrativo nace de su infancia marcada por la dictadura: un tiempo en que las preguntas no tenían respuesta y las palabras estaban silenciadas. “Tenía como obsesión la pregunta: ¿qué fue este enredo que pasó? Desde niño o adolescente no se entienden las cosas. Les preguntaba a las generaciones mayores, pero no se podía hablar y además el daño deja intervenida.”
“Encuentro en la escritura y literatura un espacio para investigar y conquistar respuestas e ir inventándolas también. Desde la memoria colectiva pero en gran parte es ficción.” La literatura, para ella, es una herramienta para abrir preguntas y entender los que pasó.
La literatura como espejo de lo colectivo
Fernández articula la memoria individual y la colectiva en un solo cuerpo narrativo. Cada historia personal se convierte en un eco de lo común. “Es la voz que va observando, viendo y explicando. Mi experiencia es la única que tengo y narro desde ese lugar. Desde que el personaje existe intento ser un espejo, busco que esa experiencia dialogue con el todo. Los escenarios nos determinan y nosotros somos parte y son nuestra carga simbólica. Observamos esos símbolos y trazamos la literatura con ellos.”
Escribir para abrir ventanas
“La literatura es frágil y liviana, son hilos de sueño y aire. Los libros para mí son ventanas a sueños que nos hablan, pero nada está clausurado. No es la realidad, es otra cosa, pero que se debe a la realidad. Escribir es constelar materiales que aparentemente no tienen nada que ver unos con otros”, explica Fernández.
Desde esa fragilidad, la escritora construye universos narrativos capaces de dialogar con lectores jóvenes y adultos, buscando que incluso en medio del dolor haya espacio para la ternura.“Pese a los temas que convoco, espero que los libros puedan ser leídos por jóvenes y pueda haber ternura en ellos y puedan terminar el libro. Estamos en un momento en que es necesario leer sobre estos temas y entrar ahí.”
La obra de Nona Fernández no es solo un ejercicio literario, sino un gesto político, histórico y profundamente humano. A través de su escritura ha explorado los silencios de una generación marcada por el miedo y la censura, pero también ha abierto caminos para que nuevas generaciones puedan mirar de frente su propia historia.