La irrupción de la inteligencia artificial (IA) está transformando nuestra forma de trabajar, aprender y relacionarnos. Pero, más allá de la innovación tecnológica, surge una pregunta clave: ¿cómo impacta la IA en nuestra mente, nuestra ética y nuestra humanidad?
Esta fue la cuestión central de la charla celebrada en el marco de Tech Barcelona, donde Elsa Punset, filósofa, escritora y divulgadora, y Muriel Rovira Esteva, investigadora y científica de data, reflexionaron sobre los retos cognitivos, emocionales y sociales que plantea la IA.
Lejos de discursos catastrofistas o excesivamente optimistas, ambas coincidieron en una idea fundamental: la IA no debe deshumanizarnos, sino ayudarnos a ser una sociedad más consciente, crítica y enriquecida, siempre que sepamos cómo usarla.
Elsa Punset: IA como reto emocional y cognitivo
Elsa Punset puso el foco en una inquietud cada vez más extendida: la dificultad de comprender en qué se diferencia realmente la inteligencia artificial de la inteligencia humana. Durante siglos, el ser humano se ha definido como “la especie más inteligente”, y hoy la IA parece competir en terrenos que creíamos exclusivamente humanos. Este cambio supone un reto psicológico profundo.
Uno de los aspectos que más preocupa es el impacto de las tecnologías en la salud mental, especialmente entre los más jóvenes. Punset recordó que las nuevas generaciones han sido, en muchos sentidos, una generación conejillo de indias de la hiperconectividad. No es casualidad que países como Australia empiecen a regular el acceso a redes sociales antes de los 16 años.
Diversos estudios muestran que los picos tradicionales de felicidad se situaban entre los 20-25 años y a partir de los 70. Sin embargo, hoy se observa una caída significativa del bienestar precisamente en la franja de los 20-25, en parte asociada a la adicción a la tecnología y a la economía de la atención. El cerebro humano es altamente adictivo y necesita estímulos constantes, lo que nos hace especialmente vulnerables a entornos digitales diseñados para captar nuestra atención.
Punset también destacó un miedo colectivo muy presente: el temor a quedarse atrás, combinado con la necesidad de proteger a la ciudadanía. Este miedo, junto con la pereza cognitiva, puede llevar a un uso incorrecto de la IA. No obstante, subrayó una paradoja positiva: la IA nos devuelve algo profundamente humano, la capacidad de hacernos mejores preguntas.
Hoy tenemos acceso a una cantidad de información sin precedentes, pero además contamos con herramientas que nos ayudan a formular preguntas y obtener respuestas de forma inmediata. Antes, solo unos pocos tenían acceso a ese conocimiento; ahora, prácticamente cualquiera puede hacerlo, lo que puede disparar la creatividad humana.
Desde esta perspectiva, la IA puede actuar como un profesor personalizado, capaz de ayudarnos a escribir mejor, estructurar ideas o expresarnos con mayor claridad. Sin embargo, Punset fue clara: “o usas el cerebro o lo pierdes”. La estimulación cognitiva sigue siendo imprescindible, y será clave investigar en el futuro si las personas que usan bien la IA aumentan realmente sus capacidades cognitivas.
Finalmente, lanzó una reflexión colectiva: vivimos en una sociedad basada en el consumo y la distracción, no en el esfuerzo. La IA nos obliga a repensar este modelo.
Muriel Rovira Esteva: límites, regulación y responsabilidad en el uso de la IA
Desde una perspectiva más académica y estructural, Muriel Rovira Esteva abordó los límites reales de la inteligencia artificial. Según explicó, la IA no tiene independencia ni intencionalidad propia: no persigue objetivos ni genera conocimiento desde cero. Lo que hace es combinar conocimiento existente, creado previamente por seres humanos.
La metáfora es clara: la IA puede mezclar colores, pero quien pinta el cuadro es el humano. Incluso cuando parece crear algo nuevo, lo hace a partir de datos, textos e ideas humanas. Por eso, hablar de una IA autónoma con voluntad propia es, hoy por hoy, más un mito que una realidad.
Rovira también alertó sobre el hype que rodea a la IA. Recordó ejemplos históricos, como el descubrimiento de la radiactividad por Marie Curie: una tecnología mal comprendida y mal gestionada puede ser peligrosa, pero con el tiempo la sociedad aprende a regularla y aprovecharla.
Una de sus mayores preocupaciones es el impacto cognitivo y social, especialmente porque muchas de las infraestructuras clave de comunicación —correo electrónico, redes sociales, plataformas digitales— están en manos privadas. Esto genera un conflicto entre intereses económicos y necesidades colectivas.
Los algoritmos actuales monetizan la atención: cuanto más tiempo pasamos frente a la pantalla, más beneficios obtienen las empresas. Este bombardeo constante de información afecta directamente a nuestra capacidad de atención, escritura y pensamiento crítico. De hecho, ya se observa una disminución en ciertas habilidades cognitivas, un fenómeno que Rovira relacionó con el concepto de deskilling.
Por ello, propuso un cambio de mentalidad: no tratar a la IA como un experto, sino como un becario. Es una herramienta que necesita supervisión humana constante. Confiar ciegamente en sus resultados es un error, ya que la IA se equivoca, alucina y reproduce sesgos.
La regulación, lejos de frenar la innovación, puede ayudar a canalizarla. Rovira defendió que regular no significa limitar, sino adaptar la tecnología a los valores sociales. El verdadero reto, especialmente en el ámbito educativo, es formar expertos capaces de supervisar, auditar y enseñar un uso crítico de la IA.
Ética, esfuerzo y esperanza
Ambas ponentes coincidieron en una reflexión histórica: cada gran avance tecnológico ha generado miedo. Sócrates ya advertía que la escritura debilitaría la memoria y produciría una “sabiduría falsa”. Hoy sabemos que no ocurrió así, pero sí transformó nuestra forma de pensar.
La clave, entonces, no es evitar la IA, sino usarla con conciencia ética, mantener el ejercicio cognitivo y ser honestos con sus limitaciones. Ganaremos nuevas habilidades, pero solo si seguimos entrenando el cerebro y desarrollando conexiones neuronales de forma activa.
El mensaje final fue esperanzador: hay una creciente preocupación ética, social y educativa en torno a la IA. Si somos capaces de integrar la tecnología con responsabilidad, pensamiento crítico y regulación adecuada, la inteligencia artificial no nos deshumanizará, sino que puede ayudarnos a ser más humanos.