Yolanda Aixelà Cabré es investigadora especializada en antropología y se ha consolidado como una referencia internacional en el estudio de las identidades afro-iberianas, las memorias coloniales y las dinámicas migratorias entre España y África.
Su participación en más de veinte proyectos de investigación, nueve de ellos dirigidos por ella misma, y publicaciones recientes como African Women’s Histories in European Narratives o Spain’s African Colonial Legacies, la sitúan como una de las voces más importantes para analizar cómo el pasado colonial y las movilidades contemporáneas configuran nuestras sociedades actuales.
En esta entrevista, profundizamos en su mirada crítica sobre el patrimonio, la memoria compartida y los vínculos históricos y presentes entre España y África, ofreciendo claves esenciales para comprender las transformaciones sociales que hoy emergen con fuerza en ambos continentes.
Entrevista a Yolanda Aixelà
¿Qué fue lo que te impulsó a investigar África, sus diásporas y su relación con Europa?
En mi caso, todo comenzó mientras cursaba la carrera, cuando decidí aprender árabe. Para ello me trasladé al que considero el mejor curso de todo el norte de África, en la Universidad Bourguiba. Allí realicé un curso intensivo de árabe y, desde el inicio, ya me interesaba especialmente la cuestión de las mujeres.
Posteriormente continué mi formación con otro curso de árabe en Alejandría, donde empecé a realizar trabajo de campo con mujeres egipcias. En ese periodo estalló el conflicto con Europa, comenzaron los atentados y las explosiones en Egipto, aunque yo vivía en un barrio muy pobre de El Cairo, Inbaba.
Más adelante me trasladé a Marruecos para realizar otro curso de árabe, que compatibilicé con trabajo de campo. Mi tesis doctoral, defendida en 1999, se centró en mujeres marroquíes. Sin embargo, siempre consideré fundamental poner en circulación la relación entre dos continentes a través de las personas.
Aunque inicialmente mi especialización fue el norte de África, en 2004, tras publicar un libro sobre antropología del género que analizaba las huellas del feminismo en las ciencias sociales, surgió mi interés por estudiar la matrilinealidad: las filiaciones y los contextos en los que la línea materna es la única referencia. Este enfoque me llevó a África subsahariana.
Tenía previsto viajar a Ghana en 2003, pero el viaje no se concretó y finalmente me trasladé a Guinea Ecuatorial. Allí comenzó mi doble especialización en el norte de África y África subsahariana, marcada de nuevo por esas convergencias. En los años noventa, los estudios sobre migración analizaban a las personas migrantes sin tener en cuenta sus contextos de origen, como si se tratara de una comunidad aislada, lo que impedía comprender cómo percibían su propio mundo. Por eso, siempre he tenido un interés constante en la relación entre África y Europa.
Métodos y enfoques para estudiar África y Europa
Desde Egipto a Marruecos y a Guinea Ecuatorial, ¿cómo ha evolucionado tu mirada antropológica desde tus primeros trabajos de campo hasta tus investigaciones más actuales?
La verdad es que mi forma de trabajar ha cambiado mucho. Soy antropóloga, pero también una antropóloga bastante atípica, ya que combino la antropología con la historia oral. Esto me ha permitido nutrirme de las distintas corrientes y de las novedades que han marcado tanto a la historia como a la antropología a lo largo del tiempo.
Me siento muy identificada con los estudios subalternos de Spivak, que buscan rescatar la historia de los sujetos minorizados, esas historias desconocidas de “los otros”. Al mismo tiempo, mi trabajo se ha visto influido por la antropología posmoderna y por el impacto de los estudios culturales, poscoloniales y decoloniales.
En antropología, el trabajo se articula tradicionalmente a través de la observación participante: observamos una realidad y tratamos de transcribirla, porque, en cierto modo, somos transcriptores de culturas y mediadores culturales.
Con el tiempo, mi metodología ha evolucionado. Aunque sigue apoyándose en la entrevista y en la observación participante, hoy las personas que participan en la investigación ocupan un lugar cada vez más central, tanto en el proceso como en los canales a través de los cuales se hacen llegar sus voces.
Creo que los antropólogos hemos sido conscientes de que siempre hemos tenido el privilegio de dar visibilidad a historias desconocidas y de construir una historia en paralelo a la oficial. Por eso me considero muy afortunada de ser antropóloga: muchas de las ideas que hoy se reivindican desde lo decolonial forman parte de la disciplina desde sus inicios, con mayor o menor acierto.
¿Qué papel juegan los objetos, imágenes o escritos en tu forma de construir conocimiento y cuáles dirías que han sido las piezas o fuentes más valiosas para entender estas historias y memorias africanas que has investigado?
Es importante señalar que, cuando nos formamos como antropólogos, al terminar la carrera solemos centrarnos fundamentalmente en las fuentes orales. Mi directora de tesis fue Mary Nash, una catedrática de gran prestigio internacional, y aunque el trabajo con archivos y documentación siempre estaba presente como una forma de reforzar la investigación, no ocupaba un lugar central en la práctica antropológica.
Ese ha sido un paso que di de manera más clara a partir de los años 2000 y que resultó decisivo. Es como si toda mi trayectoria anterior me hubiera preparado para los últimos diez o doce años de investigación y de dirección de proyectos, en los que he podido combinar de forma sistemática lo oral con lo documental. Esa combinación es especialmente potente, porque ya no se trata solo de defender la visión o la experiencia de una persona que ha sido marginalizada o minorizada, que no tuvo la oportunidad de explicar cómo vivió la colonización en primera persona, sino de acompañar ese relato con documentación: fotografías, cartas, pero también archivos de policía gubernativa, procesos judiciales o documentos administrativos.
De este modo, no solo se escucha la voz de quien sufrió la colonización, sino que se observa cómo el colonialismo se impuso a través de la fuerza, del orden y de la legalidad. Por ello, todos los elementos documentales han sido fundamentales en mi trabajo.
Fruto de esta línea de investigación he logrado crear dos colecciones en el centro Milá y Fontanals. La primera está dedicada a una plantación de café en Guinea Ecuatorial, en el continente, en la ciudad de Bata. No existía en España una colección completa de estas características. Está íntegramente abierta y digitalizada: fotografías, cartas, balances, documentos empresariales, así como material de carácter personal, como la correspondencia de la pareja catalana que gestionaba la hacienda.
La segunda colección, actualmente en proceso de catalogación dentro de la biblioteca —y por eso todo se conserva aquí, en la Milá y Fontanals—, se centra en la presencia de soldados y militares catalanes en Marruecos. Está pensada desde la perspectiva del soldado, una voz prácticamente desconocida. Conocemos los discursos de los grandes generales y de las élites de poder, pero apenas sabemos qué vivía y qué sufría el soldado de a pie.
Por todo ello, aunque la dimensión oral sigue siendo muy importante para mí, la parte documental es absolutamente fundamental. Rescatar estas cartas es un verdadero tesoro, porque en ellas se nombra el mundo que rodeaba a estas personas en tiempos coloniales.
Creo que todos estos testimonios se complementan y contribuyen a construir una versión alternativa del colonialismo europeo y del colonialismo español, que tradicionalmente se ha presentado a sí mismo como un proyecto civilizador en África.
Inteligencia artificial en la investigación antropológica
Creo que su uso puede ser interesante, aunque reconozco que personalmente no la utilizo de forma habitual. En mi caso, la empleo para tareas concretas, como la traducción de textos, pero no como herramienta de investigación.
Conviene recordar que la llamada “inteligencia artificial” —incluso el propio término es discutible— funciona en realidad a partir de modelos estadísticos. Las respuestas que ofrece se basan en probabilidades asociadas a las preguntas que se le formulan, lo que no garantiza necesariamente que sean correctas. En ese sentido, la considero una herramienta alternativa muy potente para el análisis de datos, pero no exenta de limitaciones.
No la utilizo, en primer lugar, porque tengo plena confianza en mi metodología y porque creo que puede desviar la intuición del investigador, una intuición que se construye y se entrena con los años. Llevo veinticinco años formándome para saber interpretar y detectar qué documentos son relevantes, y ese entrenamiento está muy vinculado a mi especialización temática. Tengo la sensación de que todavía es pronto para que la inteligencia artificial pueda manejar con la misma profundidad los ámbitos que yo estudio, que además son bastante minoritarios. La inteligencia artificial aprende a partir de la reiteración de preguntas, y en estos campos esa acumulación aún es limitada.
Quizá dentro de diez años la inteligencia artificial sea capaz de desenvolverse con un nivel similar al mío, pero por ahora no lo creo. Por eso no la utilizo en mi investigación, aunque considero positivo entenderla y emplearla como una herramienta más, de forma complementaria.
Además, formo parte del Comité de Ética del CSIC como evaluadora externa y del equipo de dirección de antropología del CSIC. En estos espacios se aplica un criterio muy claro: si se utiliza inteligencia artificial, debe declararse explícitamente, indicando cómo y en qué medida se ha empleado. Por ello, animo a todas las personas que la utilicen a hacerlo con total transparencia.
Etnografía multisituada: África del Norte, África Subsahariana y Europa
Es muy diferente, porque cuando se realiza trabajo de campo no solo importa el contexto al que se va, sino también la propia posición del investigador. En Europa existe una sensación general de seguridad y una claridad en cuanto a la libertad de respuesta de las personas que participan. Si preguntas a alguien en Bélgica o en Suiza, puede responder si lo desea o, simplemente, negarse sin que ello tenga consecuencias.
En los contextos africanos, tanto en el norte de África como en África subsahariana, es evidente que también existe libertad de respuesta. Sin embargo, no siempre está claro que todas las personas sean plenamente conscientes de ello, en gran medida porque el colonialismo ha dejado profundas huellas. Yo me aseguro de que quienes participan conmigo quieran hacerlo, pero no siempre tengo la certeza de que esa misma prevención exista en todos los casos o de que no haya una parte de la persona entrevistada que se pregunte: “¿Qué debo responder a esta señora o a este señor que me está preguntando?”.
Doy pocas clases en la Universidad de Valencia y a veces lo comentaba en tono de broma con las estudiantes: decía que soy como una Indiana Jones, pero sin alardear de ello, porque a lo largo de mi vida me he adentrado sola, a distintas edades, en lugares y situaciones muy complejas.
Las mujeres, además, muchas veces no ocupamos ese protagonismo, ni siquiera lo buscamos. Solemos movernos con mayor discreción. Aun así, hablando con perspectiva y en términos de seguridad, cuando miro hacia atrás pienso en los lugares y las circunstancias en las que he llegado a estar y me sorprende profundamente.
En ese sentido, la etnografía multisituada ha sido una experiencia especialmente enriquecedora: poder trabajar en distintos países y atravesar contextos diversos me ha permitido acumular experiencias muy valiosas.
Como etnógrafa, cuyo trabajo consiste en observar y comprender de cerca las prácticas sociales, las experiencias cotidianas y las formas de vida de las comunidades con las que trabajas, ¿qué dificultades encuentras al intentar romper con los imaginarios que Europa sigue proyectando sobre el continente africano?
Los estereotipos están muy arraigados y resulta difícil desmitificarlos. A veces pienso que los investigadores nos desgastamos intentando desmontarlos, cuando quizás sería más útil ser creativos o simplemente mostrar por qué la realidad es distinta de lo que imaginábamos.
Es, sin duda, una tarea complicada, pero también muy gratificante, sobre todo cuando consigues que algunas personas comprendan que lo que habían supuesto sobre África era incorrecto. Porque, claro, África es un continente enorme y diverso, con absolutamente de todo, incluso problemáticas que pueden superar a las de otros lugares. Sin embargo, persiste una mirada que lo minoriza y distorsiona tanto su potencial como su capacidad de empoderamiento.
Esto se debe, en parte, a la explotación que continúa en el periodo poscolonial, ya sea a través de multinacionales u otros contratos. Por eso es fundamental dar más tiempo y, sobre todo, crear espacios donde sean los propios africanos quienes hablen de sí mismos.
Nosotros, como investigadores, actuamos muchas veces como intermediarios, pero cada vez siento más la necesidad de dejar que sean las africanas y los africanos quienes cuenten sus historias. No se trata de que yo explique las cosas, sino de que ellos tengan la voz, para que quienes escuchan puedan maravillarse y darse cuenta de que sus ideas preconcebidas estaban equivocadas.
Mujeres, África y Empoderamiento
¿Qué conclusiones destacarías de las investigaciones sobre las mujeres africanas y cómo crees que estas historias contribuyen a reescribir la narrativa africana contemporánea desde una perspectiva de género?
Uno de los investigadores que más me gusta leer y cuyo trabajo admiro profundamente es Stephen A. Small. Actualmente está en Berkeley, aunque anteriormente estuvo en Bristol. Lo cito porque, además de mi admiración por él, hizo una aseveración muy útil para responder a tu pregunta: hablaba de la importancia de estudiar la historia de los africanos en Europa fuera del marco colonial y fuera de África, y reconocía lo complicado que era hacerlo.
Y yo pensé: “Si esto es complicado para un enfoque masculino, imagínate lo que estoy haciendo yo, que es femenino: estudiar a mujeres africanas en Europa en los siglos XIX y XX”. Eso, sinceramente, parecía casi ciencia ficción.
Este ha sido, y sigue siendo, el núcleo de mi trabajo: construir narrativas distintas a las hegemónicas, que históricamente han minimizado y reducido a los africanos, sin dar espacio a las mujeres africanas. En ese sentido, considero que es fundamental para revisar lo que se sabe sobre la presencia africana en España, desvinculándola de la esclavitud. Hasta ahora, todo lo relacionado con la negritud en Europa y España se interpretaba necesariamente a través de la esclavitud, pero mi investigación propone otra perspectiva.
Mi estudio de caso se centra en la alta burguesía africana, consolidada en el último tercio del siglo XIX, que vivía entre África y Europa y formaba una élite afropolita. Estas mujeres poseían mansiones en distintos lugares, hablaban múltiples lenguas y eran propietarias de plantaciones.
El ejemplo más paradigmático que analizo es el de Amelia Barleycorn, una mujer que rompió los límites de raza, sexo, género y clase de su época. Murió en Barcelona en 1920 a causa de un ataque al corazón. Acceder a la documentación sobre su vida fue muy difícil, pero gracias a ella pude reconstruir parte de la diáspora africana en Europa: una pequeña nota en una revista colonial sobre su muerte me llevó a revisar listas de pasajeros entre 1902 y 1920, lo que permitió reconstruir su recorrido y su contexto social.
Creo que todos estos trabajos contribuyen a crear otra historia, distinta de la hegemónica, que explica realidades diferentes y visibiliza figuras representativas de la comunidad africana en Europa.
¿Cómo crees que las mujeres pueden cambiar esta perspectiva y llegar a cargos en empresas, o cómo crees que África puede evolucionar en este sentido desde la perspectiva de la mujer?
En el caso de Senegal, por ejemplo, ya se reconoce que las empresarias de Dakar, la capital, son muy poderosas y tienen presencia en varios países.
Lo que ha resultado especialmente útil para analizar estas realidades es la perspectiva interseccional, que nos permite comprender que el mantra de que “todas las mujeres están sometidas” no funciona. Existen variables como la clase social, entre otras, que influyen y permiten que ciertas mujeres puedan alcanzar posiciones de poder.
Un ejemplo relevante es el trabajo de Ifi Amadiume, que nos muestra que existe un feminismo africano distinto al europeo o francés de Beauvoir. Este feminismo se desarrolla en estructuras sociales diferentes, donde, por ejemplo, las mujeres pueden decidir tener muchos hijos si lo desean, y el empoderamiento femenino se articula según variables y contextos distintos a los occidentales.
Por eso es destacable que, en proyectos de cooperación —ya sean del Banco Mundial, de la cooperación internacional o europea—, cuando las mujeres gestionan los recursos, la distribución y el impacto llegan de manera más efectiva hasta la base. Esto no siempre ocurre cuando los recursos son gestionados por hombres. En general, permitir que las mujeres manejen recursos garantiza, con sus excepciones, una gestión más redistributiva y eficiente.
Transformaciones en África
En Europa somos conscientes de que, desde la crisis de 2008, se ha profundizado la desigualdad: cada vez hay más personas con menos recursos y menos personas con grandes recursos. Esta dinámica también se observa en África, aunque con matices. Allí, la clase media era muy limitada y puntual, y ahora empieza a emerger en distintos países. Sin embargo, se trata de una clase media muy ligada a sistemas autocráticos o dictatoriales, o a democracias aún imperfectas, por lo que se comporta de manera distinta a la clase media europea, que también está en proceso de transformación.
Resulta paradójico que un continente tan rico en minerales, tierras raras y petróleo —codiciados por las grandes empresas tecnológicas— siga mayoritariamente bajo sistemas no democráticos. Esto favorece a las multinacionales, que prefieren negociar con dictadores, pero reduce la capacidad de construir sociedades de bienestar.
Aunque hay países con pronósticos negativos, los ciudadanos africanos, mujeres y hombres, siguen luchando cada día por sistemas más igualitarios y redistributivos. Es necesario que las empresas que se establezcan allí operen con garantías, a diferencia de lo que ocurre actualmente con muchas petroleras y multinacionales, que pagan a los gobiernos dejando pobreza, infraestructuras dañadas y graves impactos medioambientales.
África tiene un futuro prometedor gracias a su población joven, aunque está marcada por múltiples tensiones. Por ello es fundamental apoyar a las voces críticas y valientes, como la de Juan Tomás Ávila Laurel, escritor que vive entre Barcelona y Guinea Ecuatorial y desafía al régimen durante varios meses cada año. Estas figuras son esenciales para fortalecer la salud democrática de sus países; son como flores que deben cuidarse, para que nuevas generaciones puedan gestionar mejor la diversidad y presionar por cambios sociales.
Difundir sus libros y obras también constituye una acción política y social: denunciar injusticias y visibilizar realidades es, en sí mismo, una forma concreta de contribuir a la transformación de sus sociedades.